Por Ricardo Vallarino, integrante de 100% Diversidad y Derechos para Agencia Presentes

Los ataques a la bandera de la diversidad perpetrados entre el sábado y el domingo en cuatro provincias de Argentina exhiben la profundidad de un conflicto y la magnitud de su escala. El conflicto es profundo precisamente porque su sentido está a plena luz del sol. Pocas cosas materializan un sentido colectivo de manera tan evidente como una bandera, artefacto ancestral destinado precisamente a indicar, concentrar, convocar y conformar identidades colectivas.

Estos ataques a la bandera de la diversidad fueron distintos en tanto retomaron antiguos pretextos que motivaba a los atacantes: percibieron o dijeron percibir una afrenta a la identidad nacional. Y en cierto sentido, lo era, dado que el izamiento de la bandera del arcoíris tenía como propósito de visibilización y de bienvenida a nuestra comunidad, de expresar la intención de que los espacios públicos y de gobierno desean amoldarse a las experiencias e identidades LGBTIQ+; y tal bienvenida implica necesariamente el reconocimiento de la violencia patriarcal que fundó a todas las instituciones que la bandera argentina significa.

En este sentido la suplantación de una bandera por otra es el gesto de reconocimiento de que algo siempre ha estado mal en esa instauración de la bandera cosida sólo para ser mirada con ojos patriarcales. Y para ojos patriarcales, la más leve modificación de ese sentido significa la negación total de la Nación Argentina.

El proyecto de nación argentina se erigió sobre la utilidad de las mujeres para la reproducción, de las personas afro para la explotación, de la extinción de los indios para el territorio, de la corrección y/o eliminación de las personas LGBTIQ+ para producir y reproducir sin desviaciones.

Pero la bandera nacional, antes de convertirse en estándar normalizador y guerrero del orden blanco, nació como emblema de una lucha emancipadora. En ese sentido, es perfectamente compatible e incluso reemplazable por la bandera de la diversidad. Y no olvidemos que Belgrano, su creador, fue acusado por contemporáneos de ser demasiado “suave”, es decir un maricón, o una persona no conforme a su género avant la lettre. Algo que generaciones de nerviosos historiadores sentían la necesidad de aclarar que no, que no era así.

De todas maneras, no es lo mismo atacar la bandera vomitando expresiones de odio que invocando la constitución y el ser de la patria. El odio está a la base de los ataques, consciente o inconscientemente, y no importa si las ofensas verbalizadas son sinceras o deshonestas, ya que en la política lo que importa son los efectos reales, los intereses y los sentidos explícitos.

Esto queda más claro con los lugares de los ataques: las ciudades como Córdoba, Rosario, Mar del Plata y San Luis. Los sitios donde fueron los atentados nos hablan de enclaves articuladores de la dimensión federal. Fue un intento defensivo de la expansión maricona torta y trans. Nos encontramos tierra adentro, donde las fronteras argentinas fueron extendidas merced a la sangre indígena, indígenas que, por otra parte, eran acusad*s de todo tipo de corrupción de costumbres análogas a todo aquello que no encajara en la recta masculinidad de la construcción de la nación.

Los sentidos últimos de la patria.

Quienes quemaron banderas, destruyeron placas y desafiaron órdenes de la autoridad democráticamente instituida no sólo invocaron a la patria y a la constitución para legitimarse, sino que subrayaban a la figura del ex combatiente. Esta figura también toca el fondo de los sentidos últimos de la patria. Últimos en sentido literal: soldado es quien pone el cuerpo por la patria, la vida por la nación. Y el ejército es ese brazo del Estado que se presume defensor de la vida frente ataques extranjeros frente al “enemigo interno”. Ese enemigo interno hoy somos las mujeres y las personas LGBTIQ+. El último era otro fantasma llamado marxismo. Esta es la asociación que los conservadores agitan a norte y sur del continente y que dada nuestra conflictiva historia con el comunismo nos resulta tan disparatada; pero se trata en definitiva de los agentes invasores y corruptores de la patria que viven o bien en la memoria-presente de los antiderechos.

Tenemos una única y triste guerra en nuestro pasado reciente, ejecutada por usurpadores de la patria. La figura del ex combatiente suele tener dos caras: la del héroe de la guerra y la de víctima de la dictadura. Los que nos insultaron ayer exhibían la primera faz, los que nos defendieron hoy, la segunda.

El arcoiris por el todo.

Estamos asistiendo a un quiebre histórico y por eso la inquietud reaccionaria con la bandera es doble. Por un lado, es otra manifestación de una multitud rara que se aglutina, que adquiere derechos y que “avanza” sobre un territorio, pero al mismo tiempo políticamente no se sabe bien qué es. Es al mismo tiempo nación y extranjería, etnia sometida o europeo colonizador: enemigo externo e interno.

Esta paradoja en la lectura del sentido de la nación se produce porque la nación se ha erigido precisamente sobre el mito de la parte por el todo, que no es otro mito que el mito de la nación católica (hétero, cis, sexista, patriarcal, blanca). Lo que cambia no es sólo el conflicto sino la óptica que precisamos para comprenderlo. No es otra cosa que el paradigma de la diversidad donde la propia existencia no es una negación. Pero nada se gana sin que algo se pierda. Es el integrismo reaccionario que perdimos en el 82 y la democracia que adquirimos en el 83.

Las personas que cometieron estos atentados son producto de una experiencia política que conoce los dobles estándares. Ellos tienen la ley, la legitimidad y la autoridad de su lado pero optaron por no ir por el lado de la agresividad física. Sino que fueron al símbolo. En su imaginario hay una convicción democrática.

Pero ¿por qué rechazan tanta belleza? No se puede sino reconocer que la respuesta viene escondida en la pregunta. Sólo resta, para que tal resistencia cese, que quienes quemaron la bandera avisten en la salida del sol, después de días lluviosos y tristes, el fenómeno raro y fugaz que revela en toda su magia la materia brillante que compone un simple y homogéneo haz de luz.

 

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