Por Florencia Feldman para Infobae.

Sabíamos que estábamos viviendo un momento que quedaría en el recuerdo personal y colectivo, un hito en la historia de la democracia. Tengo vívida la sensación de una conmoción atravesando el cuerpo para expandirlo, y solo alcanzando a verse representada en la proyección de la multitud que habitaba la plaza: sensación de libertad, de conquista política, de un mundo de nuevos sentidos y posibilidades que se abren quién sabía hasta dónde. La emoción de saber de lo inconmensurable del momento y del futuro que ese momento inauguró.

Recuerdo imaginar cómo sería rememorar ese día, irme a dormir con el “Sí, quiero” y el “matrimonio gay” en la tapa de los diarios y saber que habíamos transformado la realidad, pero sin poder saber del todo cómo, no porque temiéramos los presagios de las jerarquías de algunas Iglesias, sino porque era solo el principio del camino.

A diez años de esa madrugada del 15 de julio de 2010, tenemos nuevas conquistas a las que aportó la lucha por el matrimonio igualitario, la experiencia de la resistencia colectiva a los intentos de hacernos retroceder, y obviamente, nuevos desafíos.

Venimos ratificando que la lucha del colectivo LGBTI+ y la sociedad toda por el derecho a la institución del matrimonio civil sin discriminaciones, era la lucha por terminar con las desigualdades y violencias que produce jerarquizar personas según sus deseos o sus identidades.

Y por eso hemos estado codo a codo junto a las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, Hijos, con lxs migrantes, con los movimientos sociales, de la educación, de las trabajadoras y de los trabajadores y por supuesto, somos parte de Ni Una Menos y del feminismo. Porque nuestra lucha era y es una más, e inescindible, en el campo de los derechos humanos. Así, la mayor de las nuevas conquistas en estos diez años ha sido encontrarnos y caminar, una y otra vez, junto a quienes perseguimos incansablemente una sociedad que valore y defienda sus derechos y su libertad.

Esto nos ha permitido vivir en un país, por ejemplo, donde se reconoce el derecho humano a la identidad de género, donde el “nuevo” Código Civil y Comercial reemplace al anterior pensado para una sociedad de varones, heterosexuales y definidos por sus propiedades y, además, seguir siendo ejemplo en la lucha por la Justicia evitando que los responsables de delitos de lesa humanidad pudieran contar con que la Corte Suprema permitiera el 2×1.

Aquel 15 de julio, teníamos por delante que en las partidas de nacimiento de nuestrxs hijxs hubiera lugar para sus dos mamás o papás, gozar de las licencias y las asignaciones familiares, acompañarnos en los cuidados, en las instituciones de salud, heredarnos y por qué no, no casarnos, ahora que podíamos decir, además de “sí, quiero”, no al matrimonio.

Lo habíamos dicho muchas veces durante el debate, lo que venía era una sociedad con más amor, más familias, más dignidad y menos ocultamiento, vergüenza, miedo, violencia. Pero estábamos moviendo los cimientos del patriarcado, y eso no es sencillo. A favor, tuvimos la energía y la fortaleza inigualable que da estar del lado de la libertad y el respeto. Y no sin dar batalla, con los registros civiles, obras sociales y prepagas, operadores judiciales, burocracias mal entendidas y los fundamentalismos religiosos, entre otros.

Y en ese andar hemos acumulado saberes, alianzas, y algo de lucidez para saber que el desafío principal es la responsabilidad de saber que las conquistas hay que cuidarlas colectivamente y por tanto están en riesgo cuando priman intereses mezquinos, así como cuando no se cuenta con un Estado de Derecho e instituciones democráticas fuertes. Las mayorías que se construyen se hacen más fuertes cuando no perdemos de vista por qué luchamos, por quiénes luchamos, y en contra de qué.

Como cuando pedimos por la Educación Sexual Integral, esa ley que aún no llega como debería, que no logra meterse en todas las aulas para nuestras infancias, y tal como manda la Convención de Derechos del Niñx, y solo en nombre de esos derechos, aprendan a cuidarse y cuidar, sobre su intimidad, sepan protegerse de los abusos, y decidan libremente sobre sus deseos. Habrá que saber mostrar en nombre de qué alguien podría oponerse a ello.

Las personas LGBTI+ sólo podemos dar testimonio del daño, miedo y vergüenza que producen el ocultamiento y la imposibilidad de nombrarnos y nombrar nuestros sentimientos libremente, tanto como de la felicidad y alegría que nos habita cuando conquistamos el orgullo, y leyes que garantizan derechos.

Diez años después, el recuerdo de ese 15 de Julio de 2010, la conmoción de esa madrugada sabida revolucionaria, intentando imaginar, prepararse para lo que venía, sigue tan viva como entonces. Porque la ley de matrimonio igualitario fue efectivamente inaugural y en su primera década podemos afirmar que ha transformado radicalmente nuestras vidas y el mundo que habitan.

La autora es presidenta de 100% Diversidad y Derechos

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